Te enseño mi vuelo para equivocar tu rumbo. Sígueme.

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Licenciado en Medicina y Cirugía. Frustrado Alquimista. Problable Metafísico. El que mejor canta los fandangos muy malamente del mudo. Ronco a compás de Martinete.

El Tesoro

Paseo por la orilla como cada día, unos ratos mojándome los pies, otros por la arena seca pero siempre mirando hacia abajo observando las conchenas, las piedras, los tesoros que nos ofrece la mar, la naturaleza.
Casi siempre (cada año) suelo escoger una(s) piedra(s), aquella(s) que me llaman la atención como si me gritaran desde lejos y se asomaran por encima de todas las demás hasta que las atrapo y las guardo para llevarlas a casa, donde vivirán dentro de un cajón, de un neceser, debajo del cristal de una mesa, pero donde yo pueda verlas y tocarlas cuando quiera y lo necesite.
El otro día, buscando como siempre algo que me provocara, encontré una concha blanca, con una belleza especial como si fuera una joya del mejor botín de los piratas de los cuentos. La tuve en mis manos un buen rato alegrándome de haberla encontrado, la acaricié porque era perfecta y sin manchas. Era una concha muy rara por su dibujo, muy extraña por su forma única, excepcional, no se parecía a ninguna que hubiera visto nunca antes. Era un verdadero tesoro.
Pero mi "yo" se equivocó.
Por seguir paseando mas cómodo sin llevar algo en las manos la oculte en la arena debajo de otras conchas anodinas, sin que nadie pudiera verla, solo yo sabía donde la guardaba.
Mi paseo fue más corto de lo habitual, me bañe con prisa, salí del agua pensando en la concha blanca y especial, deseando tenerla de nuevo en mis manos y llevarla a mi casa y enseñarla con orgullo.
Cuando volví a recogerla ya no estaba.